
El elefante se muere justo justo ahí, en medio de la Avenida de Mayo, y deja su tremenda anatomía toda tirada sobre el pavimento, interrumpiendo gravemente al tránsito automotor y de pasajeros. La gente trepa por encima del pobre bicho para no perder tiempo y llegar a horario a sus habituales ocupaciones, porque sino no le pagan el presentismo, otros, en cambio, corren por llegar a horario a los bancos para cubrir la cuenta que por lo general siempre estará en rojo, y de paso pagar el impuesto municipal y la moratoria de la jubilación que vence hoy, porque esas cosas siempre vencen hoy, entonces corren, se llevan por delante torpemente, se tropiezan, se caen y se vuelven a levantar y corren, siguen corriendo porque hay que llegar a tiempo sino las consecuencias pueden costar muy caras y es por eso que trepan y se deslizan, suben y bajan, saltan y hacen todo tipo de maniobras con sus cuerpos ciegamente, sin interesarles siquiera lo que van encontrando a cada paso de tan vertiginosa marcha. ¿A quién le puede interesar un elefante muerto en plena Avenida de Mayo, cuando el impuesto a las ganancias vence hoy?, opinó rápidamente un contador calvo ante la pregunta de un movilero radial que se encontraba en el lugar del hecho. A un distinguido caballero, de esos a los que ya no se los ve más ni se sabe de donde pudo haber salido, se le cae el sombrero justo justo adentro de una de las enormes orejas del elefante muerto. ¡Oh drama por rescatar el sombrero! El distinguido transeúnte se siente indignado y amenaza con su paraguas al responsable. Totalmente fuera de sí empieza a escarbar con el paraguas la gigantesca oreja con el afán de sacar de allí a su querido sombrero. Todos sus intentos resultan inútiles. Mientras tanto un agente de policía toma debida nota del infractor, al que le busca afanosamente el número de patente por todos sus lados sin poder hallarla quedando frustrada su intención de hacer una boleta importante. Los automóviles, camiones transportadores de bebidas gaseosas y otros de hamburguesas y salchichas que, por razones obvias de consumo masivo, no pueden detener su marcha, también intentan pasar por encima del cadáver del animal, lo mismo que ómnibus cargados de pasajeros y motocicletas que entregan pizzas a domicilio. ¿A quién le puede interesar el cadáver de un elefante muerto?, contesta ahora el chofer del interno 22 de la línea 86 al movilero de la radio, y agrega: el elefante está muerto y punto, nosotros tenemos que seguir laburando.. Por fin llega al lugar un camioncito destartalado color gris de la división "Animales muertos en vía pública" para retirar al infeliz paquidermo. Como es muy pesado, y no lo pueden cargar los cuatro pobres integrantes de la cuadrilla y porque las dimensiones del camioncito no se ajustan para ello, optan por cortarlo en cómodas fetas jugosas con una enorme motosierra. En pocos minutos quedan las fetas apiladas sobre el acoplado del camioncito donde se agolpa una gran manifestación de desocupados y jubilados que protestan queriendo saber que destino le darán a esa carne ya que consideran injusto que se la coman los funcionarios mientras el pueblo sufre hambre y toda esa semejante cantidad se la podrían distribuir a gran parte de los necesitados. Los hombrecitos de la cuadrilla , a punto de retirarse del lugar en el camioncito destartalado, tratan de apaciguarlos diciendo que ese tema tienen que tratarlo con las autoridades, ya que no tienen ninguna orden de entregar las fetas a ninguna persona no autorizada por el organismo correspondiente. Entonces, los manifestantes, mucho más efusivos que antes, retoman su marcha hacia la Plaza de Mayo y agregan a sus cánticos habituales el de "Entrega de la carne de elefante ya". Por último, en simpático gesto, a pedido de un programa de entretenimientos de la televisión, y ante sus cámaras de exteriores, la cuadrilla de obreros que trabajó en el corte del elefante en fetas, le obsequian la oreja al distinguido transeúnte para que la pueda seguir escarbando a gusto con su paraguas en su casa cómodamente y poder rescatar de una buena vez su sombrero. Sonríen todos mirando hacia las cámaras.
El coleccionista de palabras
Lo que son las cosas, hace años que soy coleccionista de palabras y todavía no pude conseguir la palabra "cuento". Una palabra tan fácil y todavía no la tengo. No me avergüenza decirlo. Se lo comenté a otros coleccionistas de palabras el domingo pasado en el parque Rivadavia y se echaron a reír. "¿Cómo no vas a tener la palabra "cuento"?, me preguntaban como si estuviera bromeando. Uno de ellos se jactó de tener como cinco palabras "cuento", pero eso sí, muy valiosas, ya que una de ellas databa de 1615 y era francesa y las otras pertenecían a los siglos XVII y XVIII y provenían de Alemania, Grecia y Estambul, y una más pero de 1901, aunque sin demasiado valor porque había sido hallada en Buenos Aires, para ser más preciso, me dijo cabizbajo, en la apestosa Plaza Miserere. Otro viejo coleccionista fue un poco más humilde: tenía una sola pero se sentía satisfecho igual porque la había encontrado junto a unos restos fósiles hallados en 1961 debajo del empedrado de la avenida Triunvirato, allá por Villa Urquiza, cuando Obras Sanitarias había tenido que cambiar unas cañerías. Yo no quería tener cualquier palabra "cuento". La mía tenía que ser muy valiosa también. Parece mentira, pensar que tengo la palabra "agüero" que la encontré en una estación del subterráneo y que me la quisieron comprar unos españoles por tres mil dólares y yo no acepté. Si la hubiera vendido ya tendría la palabra "cuento" del año 1312 y de origen cartaginés que me la dejaba un ciego de la estación Constitución por mil quinientos dólares y por sólo quinientos hubiera podido volver a tener "agüero" que ahora la vendían en el Abasto porque todo el mundo ahora andaba en busca de "gardel", que había dejado de ser apellido para transformarse en palabra común. Encima me hubiera sobrado algo de dinero para poder comprar palabras difíciles de hallar hoy en día en el mercado y totalmente pasadas de moda como lo son "humano", "bondad" u "honestidad", que había puesto a la venta en oferta un funcionario corrupto del gobierno en la casa de gobierno sobre la entrada que da por Paseo Colón. Dicen que al ciego de Constitución ya no le interesaba demasiado tener en su colección palabras como "cuento" porque ahora estaba fervientemente entusiasmado por palabras místicas, pero que de tanto buscarlas, se metió no se sabe como adentro de una de ellas y nunca más se lo vio. Nadie supo explicar bien acerca de que palabra se trataba. Algunos que lo conocieron muy de cerca aseguran que el ciego veía. Dicen que jamás compró una sola palabra en alfabeto braille.
Perder la cabeza
Me pongo frente al espejo y me miro. No puedo creer lo que veo. Veo todo mi cuerpo, la pared que está detrás de mí donde están colgadas el cuadrito de las flores en el florerito que pintó la tía Ermenegilga y el otro cuadrito con la foto del abuelo Horacio, pero no me veo la cabeza. Mi cabeza no aparece en el espejo. Igualmente, pienso, que no todos los espejos funcionen bien. Éste está ya muy viejo y es probable que falle. Un día de éstos lo llevaré a una vidriería para que lo reparen y listo. Me causó asombro cuando llevé uno de mis dedos a la nariz (tengo esa costumbre de escarbarme los dos agujeritos nasales para quitarme algún moco) y no sentí tocarme la nariz, como si mis dedos hubieran quedado en el aire. Luego probé tocarme otros puntos de la cara y otra vez la misma sensación. ¡Hasta los anteojos no sentía! Volví al espejo alarmado y comprobé nuevamente que no tenía cabeza. Probé con el espejo del baño. Allí tampoco aparecía mi cabeza. Mi cuerpo, mis brazos, mis manos, piernas y pies, estaban íntegros... sin embargo mi cabeza... Frente al espejo del baño intenté tocarme el pelo pero vi como mi mano pasaba por el espacio que ocuparía éste y siguió bajando hasta encontrarse con el cuello, del que la saqué impregnado en sangre. Impresionado, traté de hacer algo, ir a algún hospital, llamar a un médico. Evidentemente no tenía cabeza. Al pasar por la habitación de la tía Ermenegilda, la puerta de ésta estaba entreabierta, por la que se dejaba escuchar la radio, costumbre ésta, la de la tía, de acostarse a descansar con la radio encendida. Mientras camino temblando escucho por el "Rotativo del aire" de Radio Rivadavia que un taxista encontró en su vehículo una cabeza que algún pasajero dejó olvidada en el asiento trasero. Según la descripción que hicieron de la cabeza no cabía ninguna duda: era la mía. Recordé que esa misma mañana yo había tomado un taxi, y sí recordé que en todo el trayecto no hice más que pensar en todos los quilombos que debía resolver la semana siguiente. Tomé nota del teléfono del taxista, en cuyo perder se encontraba mi cabeza y lo llamé inmediatamente: - ¿Hablo con el taxista que encontró una cabeza que dejó olvidada en su auto como pasajero?- Sí. - me contestó el hombre.- Bueno, yo soy el dueño de la cabeza. ¿Cuándo y dónde puedo pasar a buscarla?- No se moleste - me dijo el tipo amablemente -si se trata realmente de la suya se la llevo a su casa. ¡No va a salir a la calle así, la impresión que le va a dar a la gente cuando lo vea!... - Yo le agradezco y le pediría por favor que me la devuelva cuanto antes! A ver si todavía se empieza a descomponer...- No se preocupe por eso - me trata de tranquilizar el taxista- la tengo guardada en el freezer...
La pasé rápidamente la dirección y me encerré en mi cuarto, metiéndome en la cama en la cama y tapándome todo para que nadie me viera.Como una hora y media después sonó el timbre. Le grité a la tía que atendiera, que era un señor que traía algo para mí. Escuché a la tía quejosa, como siempre, que fue de mala gana a atender la puerta. Hizo pasar al hombre a mi habitación y vi cómo de una bolsa arrugada de supermercados "Coto" (yo te conozco), sacaba con ambas manos mi cabeza, la cual me entregó. Al principio me dio un poco de impresión pero después pensé que después de todo era mi cabeza y traté de volvérmela a colocar. La sentí un poco fría, sería por el afecto del freezer, quizás, y despacio, me la fui colocando hasta apoyarla en el cuello. - ¿Y? ¿Cómo la ve?... - le pregunté al taxista.- Me parece que está algo torcida. A ver, póngase derecho... mmm, sí, está algo inclinado hacia la izquierda. ¿Me permite?...Y sentí cómo el tipo con sus manos rústicas ubicada delicadamente a mi cabeza en el lugar correspondiente. - Ahora sí, le quedó bien. Hasta los lentes le quedaron derechitos. Trate de sacarse esos pedacitos de hielo que le quedaron en el pelo y límpiese ese hilito de sangre que sale desde la unión con el cuello porque se le va a manchar la camisa, ¿sabe? - Sí, gracias. No sabe cómo agradecérselo. Vea, yo quisiera darle algún tipo de recompensa. ¿Cuánto quiere? ¿50? ¿100? ¿200 pesos?... - le ofrecí.- ¿Queeee?.... ¿Está loco usté? No, por favor. ¿Sabe la cantidad de gente que deja olvidada la cabeza en el taxi casi todos los días? Diga que no todos, como usted, la reclama enseguida que si no... - ¿Porqué? ¿sino porqué? ¿qué pasa?... - le pregunté curioso.- ... Y, yo aviso a la radio que encontré una cabeza así y asá, y si no llaman para reclamarla en cuarentiocho horas se la vendo a los estudiantes de medicina. Eso sí, los de la privada, porque los de la UBA no tienen un mango... ¿Saben que bien las pagan a esas cabezas?...- me contesta lo más campante. - ¿Cuánto le pagan? - le pregunté asustado.- Y, por ejemplo el otro día por la cabeza de un pelado que parecía ser la de un ministro o algo así me dieron unos 2.500 dólares...Dicho esto, el taxista, dio media vuelta y se fue hacía la puerta de calle. Antes de salir, me miró y me dijo con una sonrisa algo sarcástica... - Ha sido un gustazo, amigo.Y se fue cerrando la puerta suavemente, como si estuviera poniendo una cabeza en su lugar.
Día de Reyes
(Ximena/etereoscopio genial/Eleuterio)
Eleuterio:
Ximena/etereoscopio genial:
Eleuterio (El pensamiento de):
Ximena/etereoscopio genial:
Ximena/etereoscopio genial:
Eleuterio (El pensamiento de):
Ximena/etereoscopio genial/Eleuterio/Final:
Indignación
Rosa y Humberto acaban de salir del departamento que su hijo ha alquilado para vivir con su pareja, un muchachito de su misma edad, y mientras lentamente caminan por la calle tratan de decir algo en medio del silencio que los embarga. Rosa irrumpe preguntándole inocentemente a su marido: - ¿Y, Humberto?... ¿qué te pareció?... lo tienen lindo al departamentito, ¿no?...A lo que Humberto cabizbajo y lagrimeando le responde débilmente: - ...¡Qué querés que te diga, vieja!... a mí me destroza el alma todo esto... ¡tenemos un hijo marica!... no me lo puedo sacar de la cabeza... Entonces Rosa le contesta con bronca deteniendo su marcha: - ¡A mí lo que más me indignó es que en el dormitorio sobre el respaldar de la cama no hayan colocado un crucifijo, ni siquiera una sola foto de la primera comunión!...